domingo, 3 de abril de 2011

El triste regreso de los “democratizadores” de siempre.

Publicado el 3 de Abril de 2011
Por Hernán Brienza

El documento político-mediático opositor es, sobre todo, una operación de demonización del kirchnerismo para convertirlo en la Tercera Tiranía, en una dictadura insoportable. De allí la comparación constante que hacen los medios hegemónicos con el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, una experiencia nacional y popular del mismo cuño pero con un estilo diferente al que intenta imprimirle la presidenta Cristina Fernández a su proceso.


Los democratizadores argentinos siempre me provocaron cierta pavura. En el siglo XIX fueron ellos los que se llenaban la boca hablando de las grandes virtudes democráticas, los que realizaron el primer golpe de Estado en la Argentina contra Manuel Dorrego, a quien después fusilaron salvajemente y sin juicio previo. Durante todo el año 1829, en el que gobernó el golpista Juan Lavalle, se produjeron más muertes que nacimientos, y Federico Rauch, entre otros, se paseaba por la campaña bonaerense degollando caudillos federales, gauchos e indios.
Fueron los mismos que la emprendieron contra la Tiranía de Juan Manuel de Rosas. Y lucharon contra él aliándose con Francia y Gran Bretaña para atacar a su propio país política, económica, cultural y militarmente. La campaña democratizadora concluyó con el Primer Golpe de Estado Internacional de la región, en la que el partido Colorado, los liberales unitarios argentinos, y el Imperio del Brasil, regenteados por Gran Bretaña –los mismos que destrozaron al Paraguay de Francisco Solano López– derrocaron al gobierno legal y legítimo de Rosas.
Fueron los mismos que instauraron la república fraudulenta y oligárquica fundamentada, entre otras cosas, en los fusiles a repetición que acabaron con las montoneras provinciales y los indios. Para dar una muestra de la vocación democrática y consensual de los democratizadores como Bartolomé Mitre vale recordar la tremenda masacre de Cañada de Gómez, en la que el coronel oriental Venancio Flores fusiló a 400 prisioneros en un solo día. Los mismos que diseñaron una institucionalidad donde los presidentes se elegían a dedo, los sufragantes eran llevados a votar por la fuerza. Los mismos, claro, que en 1930 hablaban de la “decadencia de la República y sus instituciones” y soñaban con imponer a través de un golpe de Estado la “democracia fraudulenta” de la Década Infame.
La semana pasada, el historiador radical Luis Alberto Romero escribió en ese sentido un alumbrador artículo en el diario Clarín titulado “El kirchnerismo se mira en el peor espejo del pasado”. Alarmado, el intelectual alfonsinista ve “las libertades amenazadas y el Estado de derecho en cuestión”, y se pregunta “hasta dónde vamos a llegar, y si aún hay más peldaños por descender”. Luego hace una acusación furibunda al peronismo por su “autoritarismo plebiscitario y antirrepublicano (que) emergió plenamente durante su primer gobierno. La lista de estos avances autoritarios sobre los derechos de la sociedad y los individuos ha sido hecha muchas veces, pero no es ocioso recordarla, para mirar el presente en ese espejo. El peronismo descartó el Congreso como lugar de debate. Se deshizo de la Corte Suprema y subordinó al Poder Judicial. Reformó la Constitución para habilitar la reelección presidencial. Concentró el manejo de los medios de prensa; toleró a algunos diarios independientes, pero no dudó en confiscar al más reluctante, La Prensa, entregándolo a la CGT. Disciplinó y uniformizó a todas las organizaciones e instituciones sociales, incluyendo la escuela –donde La razón de mi vida ocupó el lugar de la religión– y las Fuerzas Armadas. Restringió los espacios de expresión de los partidos opositores y creó una sección especial de la Policía para desalentar a quienes quisieran manifestarse públicamente.”
No es mi intención discutir este párrafo, ya de por sí bastante teñido de afirmaciones por lo menos ligeras y descontextualizadas, sino dejar una marca en la forma en que reflexionan los democratizadores, operación cultural que queda al desnudo en los dos próximos párrafos: “Es necesaria una mención especial a algunos episodios donde la violencia subió varios puntos. Una multitud, de la que nadie luego se hizo cargo, incendió en 1953 la Casa del Pueblo, la Casa Radical y el Jockey Club, ante la mirada pasiva de la policía y los bomberos. Algo parecido ocurrió en 1955 con el incendio de varias iglesias católicas. En ambos casos se trató de respuestas reactivas a actos de salvaje violencia de sus opositores: una bomba en una concentración en 1953 y el bombardeo en la plaza de Mayo en 1955. Pero sabemos que el Estado que responde con la violencia en lugar de recurrir a la justicia comete un acto criminal infinitamente mayor.”
Es impresionante. Verdaderamente impresionante cómo el lenguaje supuestamente neutro esconde la complejidad que toda realidad exige. Primero: No hace ningún recuerdo al intento golpista de 1951 –intentona que paranoiquiza a cualquier gobierno con una mirada “militar” sobre la política”–, pero lo más importante es la forma profiláctica en que miente. El gobierno peronista es violento por los actos de “una multitud” que destruye edificios y quema iglesias”, “respuestas reactivas a actos de salvaje violencia de sus opositores”… ¿Cuáles fueron esos actos? La bomba que los comandos civiles integrados por el radicalismo pusieron en el centro de una manifestación peronista en la que fueron masacrados nueve trabajadores. El segundo acto fue el bombardeo de la Plaza de Mayo en el que murieron cerca de 400 personas. ¿No es impresionante cómo opera Romero para que una abominable destrucción arquitectónica resulte más brutal que el asesinato de medio millar de inocentes invisibilizado en su texto?
Los democratizadores volvieron al gobierno después del golpe de Estado y como no podían mantenerse en el poder es que decidieron mantenerse democráticamente fusilando a Juan José Valle y los suyos y proscribiendo al peronismo, para ver si de esa manera, impidiéndole votar a la mitad de la población, lograban democratizar de una vez por todas a este país. Así, el radicalismo, el socialismo, el comunismo y el partido militar intentaron construir una república golpeada que recién concluyó en 1983.
Hace pocos días, Mauricio Macri dijo textualmente: “Estamos viviendo el peor momento de la democracia argentina.” ¿Lo dirá porque no tiene vicejefa de gobierno? ¿Porque su vicejefa prácticamente no va a la Legislatura? ¿Porque no le dejaron golpear negros pobres con la UCEP? ¿Porque no lo dejaron espiar con libertad? ¿Porque no pudo reprimir brutalmente a la inmigración descontrolada del Indoamericano? Pero más allá de la chicana, ¿qué concepto tiene Macri de “democracia”? En mi caso personal creo que la democracia tuvo peores momentos que el actual. Hago un recuento: 1) El levantamiento carapintada de Semana Santa de 1987. 2) El complot de los poderes económicos para derrocar a Raúl Alfonsín 2) El inmoral indulto a los comandantes que nunca se supo bien si fue indulto, amnistía o “bagarto” legal inventado por Carlos Menem. 3) El diputrucho en la sesión de la privatización de Gas del Estado. 4) La Corte con mayoría automática del menemismo. 5) La maldita policía. 6) La sanción de la Ley de Reforma Laboral en contra de los intereses de los trabajadores Banelco mediante. 7) La brutal represión que el radicalismo puso en marcha los días 19 y 20 de diciembre y que concluyó con la muerte de 40 personas. 8) Las muertes de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. 9) El desaforado paro campestre que troqueló durante 50 días a la Argentina poniendo a sus principales ciudades al borde del desabastecimiento.
El documento político-mediático opositor presentado días pasados por Ricardo Alfonsín, Mauricio Macri, Eduardo Duhalde, Elisa Carrió, Francisco de Narváez y Felipe Solá no es sólo una profunda y sentida manifestación de preocupación bien intencionada por el futuro de la República y la libertad de expresión. Es, sobre todo, una maniobra similar a la que Romero hizo con el primer peronismo: una operación de demonización del kirchnerismo para convertirlo en la Tercera Tiranía, en una dictadura insoportable (Digresión: De allí la comparación constante que hacen los medios hegemónicos con el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, una experiencia nacional y popular del mismo cuño pero con un estilo diferente al que intenta imprimirle la presidenta Cristina Fernández a su proceso).
¿Por qué pretenden demonizar al kirchnerismo? Sencillo: contra una tiranía es legítima una campaña libertadora de esas a la que son tan afectos los democratizadores en la Argentina. Si es una dictadura, podrán mandarle cartas tranquilos a Barack Obama para que pueda enviar a la OTAN –es una ironía, claro–, o podrán complotar oscuras desestabilizaciones que incluyan muertos en la calle o armar cruzadas tomistas que justifiquen “matar al tirano”.
La democracia argentina no estaba en juego hasta ahora. Ni cuando Clarín no respeta la Ley de Medios Audiovisuales o influye sobre la justicia por el caso de supuesta apropiación de los herederos de Noble ni cuando una comisión interna –más allá de sus motivaciones individuales– toma una medida de fuerza que impide a miles de argentinos desayunar con el diario de viento en la mesa un domingo. La democracia argentina está en peligro justamente de ahora en adelante. Mala cosa es la cosificación del enemigo. Y sobre todo la auto proclamación en guardianes de la democracia. Y sobre todo si están dispuestos a hacerlo porque es el “imperativo” de esta hora.
El documento de la oposición cita el artículo 36 de la Constitución Nacional ¿Sabe usted qué dice? Lea con atención: “Esta Constitución mantendrá su imperio aun cuando se interrumpiere su observancia por actos de fuerza contra el orden institucional y el sistema democrático. Estos actos serán insanablemente nulos… Sus autores serán pasibles de la sanción prevista en el artículo 29, inhabilitados a perpetuidad para ocupar cargos públicos y excluidos de los beneficios del indulto y la conmutación de penas.
Tendrán las mismas sanciones quienes, como consecuencia de estos actos, usurparen funciones previstas para las autoridades de esta Constitución o las de las provincias, los que responderán civil y penalmente de sus actos. Las acciones respectivas serán imprescriptibles. Todos los ciudadanos tienen el derecho de resistencia contra quienes ejecutaren los actos de fuerza enunciados en este artículo. Atentará asimismo contra el sistema democrático quien incurriere en grave delito doloso contra el Estado que conlleve enriquecimiento, quedando inhabilitado por el tiempo que las leyes determinen para ocupar cargos o empleos públicos. El Congreso sancionará una ley sobre ética pública para el ejercicio de la función.” Clarísimo: ante una dictadura, los ciudadanos tienen el derecho a la resistencia. La oposición ha encontrado una justificación y una misión.
Al escuchar a los democratizadores de hoy y de siempre, sólo me queda decir como Alejandro Apo: “Tengo miedo, nene, tengo miedo.”